Contradicción (2)

Al hilo de lo que hablábamos la semana pasada… Empecé a pensar, de forma natural, la cantidad de ventajas que tenía estar encerrado en casa y YO, que no puedo evitar estructurarlo todo, empecé a desarrollar mis propias fases de aterrizaje y ESCALADA en el Estado de Alarma. La fase cero consistió en RECONOCER que, efectivamente la PAUSA me llegó cuando atravesaba un pico de estrés de los que desembocan en la rotunda insatisfacción de no poder dedicarle el tiempo merecido a las cosas IMPORTANTES. Sin embargo, y de repente, tenía tiempo para todo, aunque no podía, por ejemplo, encerrarme a ensayar durante horas con mis MODELOS INCONSCIENTES… Por otro lado, el encierro ocurría justo a un mes de mi cumpleaños, que es una fecha que me encanta pero que siempre me pone un tanto RARA. No tengo ningún problema con cumplir años, todo lo contrario. Lo que pasa es que me da por replantearme la vida, y eso, querida amiga, me convierte en una persona muy peligrosa para mí mismo y también para los que me rodean…

Me suelo replantear la vida al menos dos veces al año. Las fechas en cuestión son Año Nuevo y Cumpleaños. Desde que tengo uso de razón me cuestiono a mí mismo cada NOCHE VIEJA, esperando que con el cambio de calendario se solucionen todos los problemas que he ido acumulando a lo largo del tiempo. ERROR, lo sé y lo sufro, porque al cabo de unos días de hacerme la boba, los asuntos peliagudos siguen tan presentes como antes y constatarlo me pone de mal humor, y yo no soy una persona fácil cuando estoy de mal humor. Entonces, y como mi cumpleaños es unos meses después, me propongo posponer el mal rollo y dejar el verdadero cambio para entonces. Admito que ambas “revisiones” suelen estar destinadas al fracaso, lo que supone mucha tensión para mi sensibilidad hiperestésica. Aún así, he mantenido estos hábitos durante los años y los he ido acompañando de ciertos rituales personales cada vez más elaborados e inconfesables, no por ilegales o delictivos, sino por lo que tienen de extravagantes incluso para mí, que soy una persona que tiene la manga muy ancha.

Recién estrenado el estado de Alarma y con un mes por delante para volver a soplar velas, decidí que lo más urgente era dedicarme a concluir todo lo que estaba por hacer y llegar virgen al día de mi cumpleaños. (Espero que nadie entienda que pretendía hacerme una reconstrucción de himen) Lo que en realidad quiero decir es que deseaba acabar todas las tareas pendientes para poder afrontar el año 0 con una perspectiva abierta y despejada, que siempre implica darme una nueva oportunidad de hacer con mi vida lo que me de la gana una vez más. Y es que, a pesar de su demostrada inutilidad, mis propios RITUALES DE PASO me producen un enorme placer, placer parecido al de abrir un cuaderno nuevo y en blanco, de esos que da pena utilizar de lo bonitos que son, y de tanta pena que da estrenarlos acabas por no usarlos y, por consiguiente, los dejas sin función y sin cumplir su destino final.

De cualquier forma, yo ya estaba dispuesto a encarar el nuevo diario con mucho optimismo y tenía un mes para prepararme. Así que “dicho y hecho” y me puse a LO MÍO, tan contento y tan feliz. Sin embargo, el CLIMA circundante y externo se llamaba PANDEMIA y me provocaba, cada vez más, esa extraña sensación de irrealidad que siempre acompaña a los eventos más trascedentes de nuestra vida… Cuando te ocurre algo FUERTE nunca eres del todo CONSCIENTE hasta que no lo procesas y lo maduras un poco. De ahí que, CON FRECUENCIA, la gente diga “no tengo palabras” para intentar describir lo que básicamente es pura emoción, sea ésta de la naturaleza que sea. Uno de los principales problemas que tienen algunos actores es que muchas veces quieren contar sus emociones con palabras y el resultado es FALSO, porque la palabra y la emoción no siempre son compatibles, sobre todo cuando la palabra pretende describir lo que uno siente. Las emociones tienen una naturaleza muy diferente a las palabras y necesitan ser vividas, sentidas, experimentadas, y ya habrá tiempo para contarlas MÁS ADELANTE, porque también es muy importante darle un sentido narrativo a lo que te ha ocurrido. Construir tu propia historia mediante la verbalización de palabras es fundamental, pero cuanto más HUMANA eres menos automático es ese proceso. Eso sí, cuando llega el momento de re-construir tu propia biografía emocional es conveniente no equivocarse en la traducción, de lo contrario es fácil y peligroso fijar recuerdos equivocados y entregarte al trauma, a la mentira a ti mismo o lo que es peor, a complicarte eternamente la vida por una falta del enfoque correcto sobre lo que realmente sucedió. En realidad, no importa lo que te ocurra, lo único que importa es cómo lo cuentas. Pero antes de contarlo tienes que sentirlo…

En pleno año 2020 yo me sentía como si viviera a finales de los años 30 y Orson Welles estuviera retrasmitiendo La Guerra de los Mundos por la radio, es decir, como si estuviera sucediendo algo que me creo y no me creo al mismo tiempo, con una mezcla de ironía y escepticismo sobre una ficción híper-verosímil, que finalmente ha resultado auténtica y ha paralizado al mundo entero. En 1938 la compañía de teatro de Orson Wells que se llamaba Mercury, que es un nombre que me encanta para una compañía de teatro, protagonizaba un programa de radio-teatro en la CBS RADIO. El programa se llamaba “Mercury Theatre On The Air”, tenía una emisión semanal y dramatizaban obras de la literatura clásica y contemporánea. El 30 de octubre de 1938, casi en vísperas de Halloween, emitieron la adaptación de la novela del escritor británico H.G. Wells, «La guerra de los mundos». La estructura narrativa del show aprovechaba al máximo el contexto radiofónico para potenciar su verosimilitud y hacía avanzar la trama a través de interrupciones con forma de partes informativos interpretados por actores que encarnaban a reporteros apasionados que daban testimonio de una invasión extraterrestre. Todos los que sintonizaban la radio, y estaban ajenos a la naturaleza teatral de lo que estaban escuchando, empezaron a creer que el mundo estaba siendo invadido por fuerzas alienígenas de Marte y 12 millones de americanos cayeron presas del pánico, abandonando sus casas y colapsando carreteras, estaciones o comisarías de policía, buscando una vía de escape y mucha protección. Además, la gente empezó a ver extraterrestres y ovnis y llamaban a los teléfonos de emergencias del tipo 112 de la época. Probablemente haya mucha gente deseando ser conquistada por los marcianos, pero lo que pasó aquella noche es que muchas oyeron campanas y no sabían donde, y antes de preocuparse de averiguar qué estaba sucediendo se lanzaron a la carretera, y supongo que por efecto de contagio y ante la duda, otras muchas las siguieron. En mi corazón, aquel suceso es el origen contemporáneo y artístico de las FAKES NEWS. La diferencia fundamental es que las FAKES tienen el objetivo de difundir mentiras y ORSON solamente quería hacer un buen programa de radio. El caso es que el polémico acontecimiento convirtió al Sr. Welles en MASIVO y los Mercury se hicieron famosísimos consiguiendo para el resto de sus programas el patrocinio de la sopa Campbell, que antes de ser icono warholiano ya era una empresa tocha y poderosa en la vida de los norteamericanos.

Se me están viniendo a la cabeza dos tipos de personas que representan diferentes maneras de enfrentarse a la vida. Unas están englobadas en el SOLO CREO LO QUE VEO, y son las que tienen una naturaleza científica y racional, aunque en ocasiones se comportan de una forma un tanto resabiada. Otras son las del SOLO VEO LO QUE CREO, que son las fanáticas, las LOCAS. No se deben confundir con las personas de FE. No, por favor. Que nadie entienda que me estoy refiriendo a la clásica y fecunda oposición entre la FE y la CIENCA, magistralmente representada en el Capitán KIRK y el Dr. SPOCK de STAR TRECK, o en MULDER y SCULLY y su tórrida relación de tensión-sexual-no-resuelta-durante-años en “Expediente X”, por poner sólo un par de ejemplos infalibles. “Las-que-solo-ven-lo-que-creen” son las que son carne de cañón para las Fakes News, que si existen es porque tienen un público obsesionado en creer y difundir que la mentira es verdad, y no voy a ser yo la que se ponga a analizar el por qué de estas cabezas, que para eso está la psiquiatría.

Lo que nunca es mentira es la muerte. Enterarme de la muerte de una alumna de Cuenca por coronavirus supuso mi pase a FASE 1 en mi propio Estado de Alarma. Aquella tarde pensé en la contradicción entre mis circunstancias individuales y el drama colectivo de lo que estaba sucediendo. No fue fácil verbalizarlo. Estaba sufriendo un profundo desgarro.

Continuará.

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