HOMBRE DESNUDO

SIEMPRE HE CONFIADO EN LA BONDAD DE LOS DESCONOCIDOS. Lo decía Blanche Dubois, una mujer compleja, complicada, ficticia y protagonista de Un tranvía llamado Deseo, de Tennessee Williams. Yo, al igual que ella, cada cierto tiempo necesito confiar en la bondad de los desconocidos, sin más.

La primavera del 2021 no fue fácil y sentí que mi vida se iría al traste si no tomaba ciertas decisiones. Y las tomé. Primero una y luego otra. Y después  había que decidir si hacer HOMBRE DESNUDO… y estuve a punto de renunciar al proyecto incluso una vez que había sido seleccionado por SURGE. Afortunadamente no lo hice, y lo encaré tal y como yo quería, dándome la libertad de no saber lo que iba a pasar… Es la primera vez que afronto un proyecto sin tener un libreto cerrado, sin ofrecer personajes claros a los actores, sin conocer dónde está la meta para saber cuándo has llegado y cuánto te queda. Lo único que tenía era una idea muy clara sobre lo que quería contar y que esa idea necesitaba encontrar el vehículo adecuado a través del cuerpo masculino completamente desnudo de sus interpretes. El terror era saber si yo podría encontrar intérpretes a la altura de mi fantasía… Supongo que cuando cuentas con un gran presupuesto y puedes ofrecer unos contratos magníficos, no debe ser difícil encontrar cuerpos desnudos dispuestos a trabajar. ¿Quién iba a querer acompañarme en este viaje?

Abrí una convocatoria en una web para actores y los aspirantes llegaron en número y calidad más abundante de la que yo esperaba, y con ellos llegó la incertidumbre para elegirlos. Elegir a un intérprete no es sencillo. No tiene que ver con que alguien te caiga mejor o peor, sea más o menos guapo, simpático o antipático, o incluso mejor o peor actor. Elegir a un intérprete es mucho más complejo que todo eso. En mi caso necesitaba gente con cualidades técnicas para abordar las dificultades que siempre plantea el escenario, pero, además, también tenían que tener “algo” que aportar, al margen de una capacidad para abordar unos personajes que aún no existían. Es decir, lo imposible… Yo buscaba un reparto con cuerpos distintos, sensibilidades distintas, orientaciones sexuales distintas, bagajes  culturales distintos y ganas de poner todo eso en común en relación con los demás. Tenía que establecer parámetros de intimidad y un espacio apropiado para crear, y necesitaba de camaradería y complicidad entre el equipo,  pero huía de generar una hermandad que nos desplazara al rollo “secta new age-teatral de flipaos”, y pensé que con Jose, Adrián, Álvaro, César, Jorge y Nacho podría conseguirlo. A ellos les estoy profundamente agradecido. Seguramente renuncié a gente bastante válida para el proyecto, pero eso ya nunca lo sabremos. Ya pasó.

HOMBRE DESNUDO ya pasó. Cuando una obra se abre al público se acaba la creación y empieza la representación, y la representación necesita de mimo y correcciones, pero la criatura ya está viva, y en manos de quienes la miran, y ya no te pertenece porque ahora es de todo el mundo. Todo lo que hemos hecho en el sótano de la tapicería donde ensayábamos ya pasó. HOMBRE DESNUDO podría ser un universo en expansión, pero a SURGE hemos llegado con cuatro actos calibrados para que los primeros integrantes del proyecto pongan sobre la mesa algunas de nuestras preocupaciones sobre la identidad cultural masculina. Hacía tiempo que no tenía tanta curiosidad por enfrentar una propuesta al público. La reacción emocional de algunas personas importantes para mí que ya han visto la función, justifica el trabajo que hemos hecho durante los meses de verano, aunque soy consciente de que se trata de un proyecto complejo que podría suscitar otro tipo de reacciones menos gratas de escuchar y encajar en sala. Tenemos cuatro pases más, los miércoles de noviembre en Nueve Norte Teatro, para  seguir valorando a la criautura.

He convertido a HOMBRE DESNUDO en el amante al que te llevas a la cama  durante meses cada noche y ahora toca despedirse y alejarse de él. Es una sensación catastrófica y dolorosa que ya conocía de antes y para la que estoy preparado, y me consuela saber que si existe es porque todo ha salido bien. En este momento yo cogería un par de maletas vacías y un montón de mis fármacos favoritos y me marcharía a Tokio, que es una ciudad llena de desconocidos con bondad. En Tokio intentaría olvidar que me he enamorado de un HOMBRE DESNUDO al que he de abandonar y al que no le puedo decir que lo quiero, ni que lo deseo, porque como dice Nacho Zorrilla en la representación, “Querer a un hombre es temerlo, desear a un hombre es temerlo”. Como Japón está cerrado, incluso para turistas taciturnos como yo, y como mis obligaciones en Madrid son diversas y variadas, tendré que esperar un poco más para ponerle fin a esta historia de amor. Además, estoy enfermo y en cama. Estoy escribiendo con dificultad y mecido por un estado febril… Tampoco es la primera vez que me pasa. Después de sentirse comprometido y enamorado, el cuerpo cede, se rompe y te bajan todas las defensas y te quedas hecho un trapo, acusando el exceso de nicotina y alquitrán, el exceso de desvelo, la falta de sueño de los últimos meses y sobre todo extrañando el cuerpo del amante que ya nunca volverá a ser tuyo nunca más… Bueno, al menos cuatro sesiones más, aunque los desconocidos ya no lo son tanto y es mejor disimular que meter la pata. Y es mejor preguntarse si es procedente cortejar o ser cortejado. Pablo lo tiene claro, pero yo no. No es lo mismo cortejar a quien no conoces que a cualquiera al que puedas joderle la vida o pueda hacerte daño. A mí me apetece cortejar, pero no me apetece encajar el NO como única respuesta. Lo mejor será esperar a que Tokio esté abierto cuanto antes. O no.

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